A grandes alturas, el riesgo de mal de altura o de montaña está presente. Por lo general, los síntomas son moderados y desaparecen al cabo de unos días, según la rapidez con que se haga el descenso y el grado de exposición.
El mal de altura es más frecuente en personas que residen en zonas a nivel del mar, que se desplazan en avión o en coche (es decir, rápidamente) hasta estaciones de esquí situadas a una gran altura. El riesgo aumenta con una mayor actividad física (como al practicar esquí o excursionismo) y la deshidratación.
El mal de altura se puede categorizar como moderado o grave.
Mal de altura moderado
El problema médico más común es el mal de montaña agudo (MMA). Sus síntomas son dolor de cabeza, insomnio, cansancio rápido, pérdida de apetito y náuseas. Estos síntomas suelen comenzar al segundo día de exposición a la altitud.
Si padece estos síntomas, reduzca la actividad física y descanse. También es conveniente permanecer en la misma altura o bajar a una menor y, si los síntomas empeoran, descender. Por lo general, el mal de altura moderado suele desaparecer en uno o dos días, a medida que el cuerpo se empieza a aclimatar a la altitud.
Mal de altura severo
Es una enfermedad grave y resulta poco probable que la persona esté en condiciones de participar en ninguna actividad física. Existen dos clases de mal de altura grave, y ambas pueden ser mortales. El edema pulmonar de altura (EPA) se caracteriza por la falta de aire, que empeora incluso con un esfuerzo mínimo, tos, debilidad, insomnio, ritmo cardíaco rápido y, en ocasiones, las yemas de los dedos y/o los labios presentan un color azul.
El edema cerebral de altura (ECA) se caracteriza por dolor de cabeza, náuseas, vómitos, confusión, pérdida de la coordinación, somnolencia y, en casos extremos, pérdida de la conciencia o coma. El tratamiento para el EPA o el ECA es el descenso inmediato a una altura más baja.
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